Francisco Vera Manzanares.
Barcelona, 17 de enero de 2026
En la vida hay fechas que nos marcan para siempre. El día que conocemos al amor de nuestra vida, el día que nos graduamos o cuando cumplimos la mayoría de edad.
En realidad, son muchos los momentos que determinan y dan forma a nuestro futuro y presente. Yo, de hecho, no he vivido ninguno de los tres que enumeré; me faltan dos años para graduarme y alcanzar la mayoría de edad y quién sabe cuántos para encontrar al amor de mi vida.
Sin embargo, uno de los días que marcó mi vida fue el 15 de Enero del 2021. Ese día recibí la primera de cientos de amenazas de muerte, hostigamientos, calumnias e injurias que hasta el día de hoy perduran y permanecen en completa impunidad.
Cuando tenía 9 años fundé un movimiento en defensa de nuestro derecho a habitar un planeta limpio, sano y digno, cuyo nombre es Guardianes por la vida y cuyas acciones llegan a miles de niños de diversos territorios de Colombia y del mundo.
Durante un año y medio con los niños y niñas de mi movimiento hicimos plantones, movilizamos firmas, hicimos incidencia política, sembramos árboles en iniciamos procesos de educación ambiental.
El 15 de enero de 2021 recibí una macabra amenaza que cambió mi vida por completo: me hizo conocer el miedo, la indignación y la tristeza, también la maldad de la condición humana. Durante unos meses esta persecución fue aumentando con señalamientos mentirosos hacia mí y mi labor y que en un país como Colombia pueden costar la vida.
A raíz de lo insoportable e insostenible de la situación tuve que dejar mi país y dirigirme al exilio.
Cuando se migra de manera voluntaria, este hecho genera alegría y esperanza. Migrar contra la voluntad y para proteger la vida es uno de los hechos más duros y tristes. Sales de tu país con una maleta, no sabes cuándo podrás regresar, te desarraigas de las cosas que conoces y de la gente a la que amas.
Tuve la fortuna de contar con una red de apoyo fuerte que me ha cuidado a lo largo de estos años. Hoy vivo en Catalunya, el sitio que considero ahora mi hogar, tengo amigos y compañeros de sitios tan diversos como Ucrania, China y Marruecos y veo el mar Mediterráneo que une tantas culturas antiguas. Pero cada día de mi vida pienso en las montañas de los Andes que veía antes de ese aciago día, en el arroyo que pasaba por detrás de mi casa en Villeta, en mis abuelos a quienes sólo he visto ocasionalmente desde que me fui, en mis compañeros quienes luchan junto a mí en la distancia y codo a codo
He continuado estudiando y creciendo en otros idiomas y en otra cultura y pese a la distancia, el tiempo y la adversidad de la situación no he detenido mi compromiso por la justicia climática y los derechos de la naturaleza. Sigo en pie y seguiré así mientras sea necesario.
Del mismo modo, he alzado mi voz por la justicia y el respeto de la vida de los defensores. He ido hasta Naciones Unidas, la CIDH o la CEPAL para denunciar la impunidad y la injusticia de estos casos, así como la incompetencia de nuestros Estados.
Hoy sigue sin haber un solo responsable que rinda cuentas tanto por la primera amenaza, como por ninguna de las miles que la han precedido en todo este tiempo.
Mi caso no es uno aislado. No es una situación individual ni mucho menos. Se trata de un problema estructural. Y con ello no solo me refiero a la violencia per se, también a la negligencia, indiferencia y complicidad del Estado colombiano, el cual en ningún momento fue garante de mis derechos.
No se trata de un gobierno o de un gobernante: ninguno ha estado a la altura de las circunstancias con relación a la persecución que enfrentan los defensores de la tierra, del ambiente, del agua y de la vida en Colombia. El Estado colombiano hoy tiene una profunda deuda con quienes defienden el derecho a habitar un mundo sano, limpio y digno. Sueño con el día en que podré regresar a Colombia, me imagino constantemente el momento en que aterrice en el aeropuerto El Dorado viendo la sabana cundinamarquesa, un lugar que no tiene nada que envidiar a la campiña suiza ni a ningún lugar del mundo.
Por ahora y mientras mi caso como el de miles de personas continúe en la impunidad no será posible. Mientras eso pasa, seguiré denunciando, incidiendo, motivando y trabajando porque este mundo y mi país sean lugares justos que amen la vida – y donde su defensa no solo sea la muletilla de esloganes políticos bonitos – e imaginándome cómo será regresar a los cafetales de la casa de mis bisabuelos en Mave.
A esta tierra hermosa y pujante que me recibió y me ha acogido y que ahora es mi hogar que amo y honro, toda mi gratitud y mi respeto.
El día que regrese a mi país será otro día de esos que marcan la vida para siempre.